Un día más que llego tarde al trabajo... A pesar de que el despertador sonó casi una hora antes de salir de casa siempre pasa lo mismo, el maldito espejo del baño me embelesa y me hace perder la noción del tiempo. Aunque, por suerte, una vez más, cruzaba la puerta de la oficina al compás de las noticias de la radio que anuncian la hora en punto.
Perdón, aún no me he presentado. Mi nombre es Fortunata y, sí, soy una vaca, una vaca frisona de los pies a la cabeza, bueno, de las patas a la cabeza, mejor dicho. Por mi raza, tengo la piel llena de manchas negras y, sobretodo en verano, cuando apenas llevamos ropa, me acomplejan mucho, pero esa es una larga historia que ya contaré otro día.
Respecto a mi nombre, he de decir que mi madre no podía tener peor gusto. No había nombre más feo en el mundo para llamar a una pequeña y adorable ternerita. Ella siempre se excusa contando que al nacer fui como un rayo de luz, ya que estaba pasando una mala racha en la que las noches no podían ser más oscuras. Soy su pequeño tesoro, su pequeña casualidad, su pequeña Fortunata.
Nunca me ha gustado mi trabajo. De hecho, creo que a nadie le gustaría pasar el día sentado delante de un ordenador atendiendo posibles clientes interesados en comprar uniformes de empresa, siempre tan exigentes y tan... Bueno, no quiero decir palabras feas.
Mis compañeros nunca fueron gente de fiar, excepto Terry, un pequeño yorkshire que siempre contagia alegría por donde pasa. Claro, él puede pasar horas y horas diseñando nuevos uniformes sin que nadie se meta en su trabajo. Terry es la estrella de la empresa y también uno de mis mejores amigos.
Terry y yo siempre vamos almorzar al bar de la esquina, donde cada mañana nos sirven una gran taza de café acompañada de un pincho tortilla, una atrevida combinación a la que estábamos más que enganchados. Si un día la tortilla se acaba antes de que lleguemos, se avecina un mal día, siempre ocurre algo malo. Y sí, podéis intuir que ese día nos faltó la tortilla y tuve uno de mis peores momentos.
Cuando llegué a casa después de un día duro de trabajo, sonó mi móvil. Era un mensaje de Manolo, el toro limusín con el que salía desde hacía más de cuatro años. En él decía que debíamos darnos un tiempo y justo en ese momento se me partió el corazón...
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