Llevaba toda la semana sin apenas dormir por lo que se avecinaba el sábado... ¡Era mi primera actuación con el grupo de jotas!
No había parado ni una sola tarde en casa después del trabajo. Siempre salía corriendo para no perderme detalle de la clase, de lo que me hacía desconectar del mundo y de la realidad. Incluso había pedido libres en el trabajo los dos últimos días de ensayo para saborearlo aún más.
Era viernes y las piernas apenas me respondían de las duras tardes de esfuerzo. Tan solo quedaban unas horas para la actuación. Antes de coger la cama con ganas mi amiga Adelita se ofreció a compartir conmigo una última hamburguesa antes de pasar por el dentista que me supo a gloria.
Y por fin llegó el sábado y como todo esfuerzo, tuvo su recompensa. Todos los meses de trabajo habían dado sus frutos y el festival no pudo salir mejor. No hubo ni un error ni un fallo. Al finalizar la melodía, el público se levantó de sus asientos y aplaudieron como si no hubiera mañana. No pude contener la emoción y abracé a Cati agradeciendo todo el apoyo que me había dado desde el primer día que pisé la clase.
Pero el día no acabó aquí.
Salí corriendo a la peluquería, a esas horas los novios ya se habrían dado el "sí, quiero".
Era la boda de King, el gorila que siempre me animaba los días malos en el trabajo, y a pesar de estar desganada después de que Manolo me dejase tirada como un trapo sucio, podría decir que fue uno de esos días que se quedan bien grabados en la memoria.
Esa noche fue mágica. Se me olvidaron todas las penas. Comí, bebí, planeé parte de mi primer verano sin Manolo, reí, bailé, me emborraché y aquella noche conocí a un león que me hizo ver el mundo como nunca antes lo había imaginado.
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