No, no existen los príncipes azules y más aún si lo has conocido con cuatro copas de más. Aquel león había perdido su encanto con el paso de la resaca...
Mi vida había vuelto a la normalidad, por suerte o por desgracia, a pesar de que el verano no había hecho más que empezar.
El león, cuyo nombre olvidé junto aquella copa de ron, no cumplió su promesa. No llamó el lunes, no llamó el martes, ni el miércoles, ni el jueves... Escribió un mensaje el domingo. Quería que nos volviéramos a ver pero los días se complicaban y su vuelta a la selva donde trabajaba cada día estaba más cerca.
El martes, una cena; el miércoles, el veterinario de los dientes, y el jueves ya no podía ni abrir la boca con el aparato que me había pegado en todo el hocico. ¡Una vaca con ortodoncia! ¡Menudo chiste!
Mis ganas de comer se habían desvanecido como mis ganas de volver a encontrar al toro, carnero, león, hipopótamo, besugo... Véase macho perfecto.
Tan solo quería disfrutar de mis amigos pasando la tarde con la jirafa Casilda en el bar tomando unas cañas, de ruta en bici con mi prima Susi la gallina, haciendo bases de tarta con la agaporni Adelita o bailando sevillanas con el lobo Crispín. Necesitaba un descanso emocional.
Pero no fue así.
Volvieron los mensajes, las insinuaciones, las coincidencias, aunque el tema aún se veía turbio.
Yo no dejaba de pensar en los dos agujeros que habían quedado en la boca y todos esos alambres que no me dejaban ni comer. Aunque quisiera no podría haber velada romántica...
El tiempo se acababa. Él volvía a la selva y yo, al mundo real, a esa vida aburrida que algún día cambiaría viajando a La India, donde las vacas nunca mueren.
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