Llegaba una mala época... Las vacaciones del año pasado habían sido memorables y, aunque estas pintaban muy bien, las cosas habían cambiado y la nostalgia llenaba parte de esos días.
Pero eso fueron otros tiempos.
Un año después preparaba la maleta para un festival de música que no iba con mi estilo y movida por las ansias de libertad que me habían provocado la nueva soltería.
Había ido dos veces de rebajas en busca de ropa perrifláutica para tal evento. El perro lo llevaba de casa y la flauta la compré en un bazar casi regalada. El uniforme ya estaba preparado para la ocasión.
No hacía más que pensar en cómo aguantaría cuatro días fuera de casa, sin dormir en mi cama, sin mi ducha, sin mi baño, sin mis cremas... Lo peor sin duda lo de las cremas.
Aunque visto de otro modo era la excusa perfecta para huir de la realidad que esos días me atormentaba. Se me abría un abanico de posibilidades de dar un giro a mi vida: podía raparme la cabeza, teñirme la melena de rubio platino o volver con un tatuaje que me marcara de por vida.
No podía seguir estancada y mucho menos cuando ya solo me quedaba por sacar del agua una pata. Sabía que volvería a ocurrir y que los principios siempre fueron difíciles.
Un nuevo giro cambiaría todo pero hasta que llegase ese día no me quedaba más que seguir sobreviviendo olvidando el recuerdo.
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