viernes, 8 de julio de 2016

Capítulo 5

Y la vida volvía a la normalidad. Los acontecimientos previstos habían pasado con gran éxito y aún el verano estaba por empezar... Ya sentía las buenas vibraciones y el aroma a vacaciones.

No sabía por qué pero tenía claro que aquel verano sería inolvidable. En un par de semanas ya me había permitido el lujo de rechazar al sexy león y de enseñar sin vergüenza mi nuevo hocico con el que sería mi nuevo complemento metalizado por un par de largos años. ¡Así soy yo! ¡Viva la vaca que me parió!

Los días ya no eran tristes. Las manchas de mi piel se habían disimulado con el sol, lucía una melena espectacular con mis nuevas mechas californianas e incluso había decidido prescindir de las gafas por una temporada. Me sentía mejor que nunca.

Esa noche salí a darlo todo de mí. Había quedado en el bar de la incógnitca con la agaporni Adelita, la jirafa Casilda y la gallina Susi. Tras unas cervezas, abrió la puerta el culebro Rummenigge y se colocó a nuestro lado con intenciones que mejor no haber conocido.

En aquel garito se movía mucha sustancia ilegal. En la misma barra igual te vendían un tercio de una mezcla entre Stradivarius y Paulaner como azúcar o pica pica para las narices alérgicas. Aún así, nunca dejó de ser mi bar preferido.

Y como bien decía, el culebro Rummenigge se acercó demasiado a la agaporni Adelita rodeándola con sus brazos malolientes llenos de escamas. Cerca se encontraba el carnero Pedrín que al ver la situación, no dudó en rescatar al bello ave y liberarlo de una muerte segura.

Y así fue cómo Adelita y Pedrín empezaron a salir. Juntos hacían la simbiosis perfecta.

Pero la historia no acababa ahí. Para celebrar que el culebro Rummenigge se había marchado, el camarero nos preparó una buena dosis de tequila que algunas digerimos mejor que  otras...

Del resto de la noche, solo recuerdo las lagunas de Ruidera, las más grandes y las más llenas. 

Lo que se dice una noche para no olvidar.

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