Sabía que aquella noche iba a ser dura, así me armé de valor y me tomé una pastilla de esas que siempre tengo para estas ocasiones.
No tardé en dar la noticia a mis amigos, pero el efecto de aquello pronto me llevó a un mundo de colores donde se olvidé las malas noticias y apenas tuve tiempo de decir nada más.
Todos estaban preocupados. Susi, mi prima la gallina, no paraba de llamarme, mientras que la jirafa Casilda llenaba mi teléfono de mensajes, así como Crispín, el lobo feroz, la agaporni Adelita y Remigio, el oso hormiguero.
Pero su preocupación duró más bien poco... Manolo pasó a la historia de la noche a la mañana y desapareció de nuestras vidas sin dejar rastro.
Tenía claro que mi vida iba a cambiar y, ¿por qué no hacerlo cuanto antes?
A la mañana siguiente me levanté mareada, con sensación de haber pasado toda la noche bebiendo copazo tras copazo. Sería cosa de la dichosa pastilla. No pude trabajar, no fui capaz de concentrarme para contestar el montón de correos que tenía y atender el teléfono a clientes enfadados debido a una avería en la máquina de coser de la fábrica... Lo que se dice un día nefasto.
Al salir del trabajo esa misma tarde decidí apuntarme a clases de jota manchega. Aunque lo de las castañuelas en las pezuñas no lo llevaba muy bien, descubrí una nueva forma de distraerme.
Después aproveché para quedar con Adelita, Susi, Casilda, Remigio y Crispín y contarles todos los detalles de lo que sería mi nueva vida sin Manolo. Pude desconectar y aquellas cervezas con amigos hicieron que olvidara todo el dolor que aún me perseguía. Nunca había dormido tan bien.
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